July 30th, 2007

26 de julio

Publicado en Infolatam
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30 de julio de 2007

Antes del recién pasado 26 de julio –fecha que rememora el asalto al Cuartel Moncada en 1953– ni siquiera corrieron rumores. A diferencia del 1º de mayo cuando se decía que aparecería en la Plaza de la Revolución, esta vez se supo el día antes que Raúl Castro –gobernante interino– presidiría el acto en Camagüey por la efeméride.

Hace exactamente un año que Fidel Castro desapareció de la palestra pública y es probable que nunca regrese. Cada día que pasa, Raúl parece asentarse sobre un interinato que se encamina a la permanencia. Su discurso ante 100,000 camagüeyanos debe leerse no sólo por lo que dice –nada novedoso– sino, especialmente, por el momento. Cuba se acerca al final de una era y, por tanto, lo poco novedoso se reviste de importancia.

En efecto, Raúl no develó una mirada realmente contundente de la realidad cubana. Desde la década del 60, Fidel, Raúl y otros dirigentes han fustigado contra la burocracia, la indolencia y la improductividad. La pobre ejecutoria de la agricultura, la construcción de viviendas y del transporte llevan décadas lesionando el estándar de vida de los cubanos.

Asimismo, Raúl –velando siempre por las instituciones oficiales– destacó el buen trabajo del Partido, el Gobierno, la Unión de Jóvenes Comunistas y otras organizaciones en Camagüey por el buen desempeño de la provincia. No debe sorprender ya que fue artífice de la llamada institucionalización de los 70 y –a diferencia de su hermano– depende de la institucionalidad para gobernar.

Estamos, sin embargo, a principios del siglo XXI y lo que fue un avance para Cuba hace 30 años –pasar del descalabro político y económico de fines de los 60 a una cierta normalidad socialista y una leve mejoría del consumo cotidiano– hoy no puede ser un fin. A la larga, el uso restringido del mercado que hicieron los otrora países socialistas no solventó la incapacidad productiva de sus economías. Tampoco lo logró Cuba en los 70 hasta mediados de los 80 ni a principios de los 90.

Pero, como Fidel frenó las reformas de los 90 y luego marcó una recentralización económica, Raúl ha sentado un marco para discutir los problemas económicos y anuncia “cambios estructurales y de concepto”. Si tan sólo el gobierno liberara al trabajo por cuenta propia de las mil y una trabas impuestas desde fines de los 90, la economía cotidiana y el ánimo popular mejorarían sensiblemente.

Mientras Fidel viva y su mente lo acompañe, el gobierno cubano no podrá impulsar una reforma económica profunda que no es otra que darle al mercado la centralidad imprescindible para progresar. Aún sin Fidel, Raúl y los otros sucesores posiblemente tampoco se lancen de lleno a esa reforma.

El 26 de julio Raúl subrayó el problema de los salarios: insuficientes para satisfacer las necesidades lo cual genera “indisciplina social” y –dió entender– ilegalidades. Es cierto excepto que los cabos entre los salarios, un crecimiento sostenido y, sobre todo, la oferta de bienes básicos y de consumo nunca se atan en el argot oficial cubano. Es decir, la mercadofobia no es sólo una obsesión fidelista y, mientras los sucesores no se libren de ella, no harán más que ponerle parches a la economía. No deben olvidar que las necesidades cotidianas son el primer frente de expectativa popular y de no darse una mejoría palpable, el terrible escenario de una explosión pudiera materializarse.

Como el papa Benedicto XVI, Raúl Castro es un líder puente. El papa aún no ha sacudido a la Iglesia para bien y posiblemente no lo haga. El Vaticano, sin embargo, cuenta con reservas milenarias y puede, perfectamente, soportar un largo compás de espera. Los sucesores del Comandante no pueden darse ese lujo. Ni a ellos ni a sus hijos y nietos les conviene que la violencia intervenga a Cuba después de Fidel.