May 7th, 2007
La política de Estados Unidos hacia Cuba pasa por Miami
Publicado en Infolatam
www.infolatam.com
7 de mayo de 2007
La política de Estados Unidos hacia Cuba pasa por Miami. En parte, es lógico que así sea por razones políticoelectorales. Sobre toda política exterior, sin embargo, también deben pesar razones de Estado y, actualmente, éstas brillan por su ausencia.
No siempre fue así. Los esfuerzos por subvertir al gobierno revolucionario en los 60 respondieron a una determinada lectura de la seguridad nacional estadounidense. Por la distensión entre Washington y Moscú en los 70 surge un consenso bipardista de arreglar el diferendo cubano por vías diplomáticas. Tanto Gerald Ford como Jimmy Carter dieron pasos hacia la normalización de relaciones que, desafortundamente, no fructificaron.
Incluso, el reforzamiento del embargo no era del todo descabellado. Una vez desaparecida la Unión Soviética y en medio de la euforia a principios de los 90 por la democracia y el mercado era concebible pensar que las presiones de EEUU podían, por fin, dar resultados. Pero no fue así y Washington sencillamente se atrincheró, si bien es cierto que La Habana puso poco o nada de su parte para incitar un cambio positivo. Al contrario. El derribo de dos avionetas civiles sobre aguas internacionales en 1996 forzó la firma de Bill Clinton a la versión más dura de la Helms-Burton.
El traspaso de poderes a Raúl Castro el 31 de julio pasado, sin duda, requiere que Estados Unidos defina una política a la altura de lo que se avecina en Cuba. Aunque improbable bajo Bush, sí es posible que algunos funcionarios -por ejemplo, el subsecretario de Estado John Negroponte y el subsecretario adjunto para el Hemisferio Occidental Thomas Shannon- puedan ir sentando bases discretas que le sirvan al próximo presidente.
Una plataforma razonable -levantar las restricciones a los viajes, reanudar la cooperación bilateral respecto al narcotráfico, la migración y el medio ambiente así como el apoyo a que otros gobiernos e instituciones multinacionales dialoguen con La Habana- no requeriría un cambio radical en la política estadounidense y sí apuntalaría las razones de Estados hoy ausentes. Un soft landing en Cuba es, después de todo, de interés primordial para Washington.
Quizás los astros se estén alineando. A principios de abril, la Universidad Internacional de la Florida y el Cuba Study Group dieron a conocer los resultados de una encuesta -la octava desde 1991- con unos 1.000 cubanoamericanos en el condado de Miami-Dade. Hace años que se viene diciendo que el Miami cubano está cambiando y estos resultados no hacen más que subrayarlo con énfasis.
Hoy el 43 por ciento se opone al embargo cuando en 2004 era el 34 por ciento. Si bien la mayoría siempre manifestó su apoyo a la venta de medicinas a Cuba, no manifestaba lo mismo hacia la venta de alimentos. A partir del 2000, sí lo hicieron y esa tendencia ascendiente continúa. Mientras que un 55 por ciento rechaza las restricciones a los viajes, el porcentaje sube a 65 por ciento al tratarse de las impuestas en 2004 que limitan los viajes familiares a uno cada tres años. Este año se registró por primera vez una comunidad dividida a la mitad en torno a una hipotética invasión estadounidense a Cuba. Hace tres años la apoyaba el 60 por ciento.
En general, la diferencia clave radica entre los que ejercen el sufragio y los que no. Los primeros tienden a ser más conservadores y representativos de los primeras olas migratorias, mientras que los segundos provienen de las últimas y son más abiertos tan sólo porque dejaron familiares en la Isla. No obstante, el perfil de los votantes cubanoamericanos también está cambiando. Los emigrados a partir de 1980 ya constituyen la mayoría cubanoamericana en el condado de Miami-Dade y han ido adquiriendo la ciudadanía estadounidense.
La política hacia Cuba seguirá, de hecho, pasando por Miami, aunque el signo con cara al futuro no sea el mismo que hasta ahora. La Habana, por cierto, debería tomar nota. Los cubanos en Estados Unidos somos un recurso estratégico que Cuba podrá movilizar, en parte, mediante una apertura económica profunda y, plenamente, sólo cuando su gobierno se decida a acatar la voluntad ciudadana en las urnas.