Acerca de Marifeli
Salí de Cuba el 26 de octubre de 1960. Acababa de empezar el sexto grado en el Sagrado Corazón en La
Habana, donde mi madre y mi abuela se habían graduado. A principios de diciembre, ya me encontraba en el colegio Little Flower en Coral Gables. Unos meses después, el 17 de abril de 1961, mi tía me despertó: “¡Desembarcaron! ¡Regresamos pronto!” Volvería a mi vida, la verdadera. Pero no fue así. La invasión de Bahía de Cochinos fracasó y viví otra vida, una que jamás habría imaginado en el entorno plácido de mi niñez.
La añoranza por Cuba ha sido una constante en mi vida. Durante mi adolescencia en Pittsburgh, a menudo me sobrecogía una terrible tristeza debido a la certeza de que no regresaríamos. Durante mucho tiempo, repasé una y otra vez minuciosamente mis últimos años en La Habana y los primeros en el exilio. De vivir una vida casi idílica mi familia pasó a otra que nos puso a prueba. Mi padre siempre se refirió a esos años como “la época heroica”.
Inevitablemente, me hice de nuevos recuerdos y el dolor disminuyó, aunque
no la sensación de una pérdida irreparable. Mucho después, logré valorar a cabalidad el haberme graduado de high school en Pittsburgh. En el Miami cubano no habría conocido a Estados Unidos de la misma manera.
Para principios de los 70, el 17 de abril de 1961 ya había adquirido otro significado para mí.
Mucho antes de comprender la magnitud de su ignominia, la segregación racial me indignaba por el simple hecho de que Tata —la jamaiquina que me cuidaba en Cuba— no habría podido sentarse a mi lado en un autobús en muchos sitios de Estados Unidos. Así pues, el Movimiento por los Derechos Civiles y luego la Guerra de Vietnam marcaron mi toma de conciencia política. Era una estudiante universitaria cuando, en un trabajo de curso, por primera vez critiqué el embargo de Estados Unidos a Cuba.
Los años 60 despertaron en mí un compromiso con la justicia social que me proporcionó otras luces para mirar a Cuba. El que la revolución desafiara a Estados Unidos —al igual que lo hacía Vietnam— también me producía simpatías. Con el tiempo, llegué a reconocer en la victoria de Playa Girón —tal y como se conoce en Cuba la derrota de Bahía de Cochinos— una afirmación de la soberanía nacional, postergada durante tanto tiempo.
Desde principios de los 70 hasta fines de los 80, por tanto, apoyé la revolución cubana y, en consecuencia, me convertí en una paria entre muchos exiliados. No me arrepiento ni tampoco pido disculpas por ello. Por el contrario, como durante esos años viajé con frecuencia a la isla, llegué a conocer Cuba muy bien. Observar la sociedad cubana de primera mano me permitió darme cuenta del ocaso
de la revolución y el fracaso del socialismo. No fue fácil deshacerme de mis ilusiones. Desde 1991, no viajo a Cuba pues el gobierno me considera persona non grata.
Ojalá que, tarde o temprano, Cuba sea, por fin, un país normal. La normalidad comienza con el reconocimiento de que no hay bien común más importante que los derechos y las libertades ciudadanas, incluyendo, claro está, el bienestar económico y social. Sin el derecho a ejercer una oposición —en libertad y sin temor— a los que están en el poder, no es posible la democracia. Las libertades civiles son tan necesarias como la justicia social, y el pueblo cubano no se merece menos. La soberanía nacional debe construirse a partir del respeto a la plena integridad del individuo.
De todo lo que he escrito y hecho hasta el momento, Cuba, la reconciliación nacional —informe del Grupo de Trabajo Memoria, Verdad y Justicia coordinado por mí entre 2001 y 2003— es mi logro más querido. La pregunta —¿Qué hacer con un legado de violaciones a los derechos humanos en una Cuba democrática?— ocupa el tema central del documento. Si bien aún no se aprecia cómo
se daría una transición en Cuba, no puede caber duda alguna sobre la verdad que motivó al grupo de trabajo: Las democracias se nutren de una ética de medios y derechos universales, mientras que las dictaduras imponen fines partidarios absolutos ante los cuales cualquier medio vale. El que muchos cubanos en la isla y en la diáspora consideren útil este informe es extraordinariamente grato para mí.
Los significados del 17 de abril de 1961 ya no me atormentan. Ese día, cubanos de buena fe lucharon y murieron por causas que consideraban justas: una revolución nacionalista comprometida con la justicia social o una redención democrática comprometida con la libertad. Si bien con mayor énfasis, lo mismo puede aplicarse a la guerra civil librada en Cuba a principios de los 60, aunque no sea ni tan conocida o no se haya estudiado tanto como la invasión.
Hace falta reintegrar a Cuba. En 1963, Marcelina Chacón dijo: “Mis dos hijos murieron peleando por la libertad de Cuba. Uno con su idea y el otro con la suya”. Ella y su esposo, José Tartabull, encuadraron las fotos de sus hijos en un marco común, lo rodearon con la bandera cubana y lo colgaron a la entrada de su bohío en las montañas del Escambray.
Hoy mi mayor anhelo es que Cuba como nación —es decir, los cubanos en la isla y en la diáspora— siga los pasos de Marcelina y José.
Marifeli Pérez-Stable es vicepresidenta para la gobernabilidad democrática del Diálogo Interamericano en Washington, DC y profesora de sociología en la Florida International University en Miami. La doctora Pérez-Stable coordinó el Grupo de Trabajo sobre Memoria Verdad y Justicia y el informe Cuba, la reconciliación nacional, publicado en abril de 2003. Es la directora del proyecto “Diálogos nacionales sobre la democracia en América Latina”, patrocinado por el Diálogo Interamericano y la Organización de Estados Americanos. Es columnista del Miami Herald, autora de La revolución cubana: Orígenes, desarrollo y legado (Editorial Colibrí, 1998) y coordinadora de Cuba en el siglo XXI: Ensayos sobre la transición (Editorial Colibrí, 2006). La doctora Pérez-Stable prepara una monografía, “Enemigos íntimos”, sobre Cuba y Estados Unidos después de la guerra fría.