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La Imposibilidad de Cambio
Es una lástima que no existan estudios antropológicos de esa especie rara en que nos hemos convertido los cubanos. Puedo apostar a que ya habrían detectado una característica cada vez más marcada en nuestra idiosincrasia: la imposibilidad de asimilar los cambios. Los cubanos seguimos viendo la oruga donde ya está la mariposa. Acostumbrados a vivir en una sociedad casi inmóvil, u observándola desde otra orilla, nos cuesta percibir y aceptar el movimiento, no sólo en los procesos sociales sino también en la evolución vivencial e ideológica de otros individuos.
Millones de cubanos, en la isla y en el exilio, han crecido permeados por la retórica de la intrasigencia con proporciones casi simétricas entre ambos lados: cada uno aferrado en su trinchera, empecinado en no modificar un ápice su posición. En el fondo, tanto tememos a las sacudidas profundas, que incluso nombrarlas puede parecer una osadía. En los años 90, las palabras ”crisis” y ”cambio” fueron proscritas de los medios oficiales de Cuba y sustituidas por ”período especial” y ”reformas”; en Miami ”diálogo”, que también quiere decir ”cambio”, es palabra maldita como también suele ser “normalización”.
La constancia diaria de nuestra incapacidad de asimilar cambios está en todas partes: en los linchamientos verbales de la radio miamense y en la blogosfera y en otros websites del exilio donde los comentarios de los lectores suelen estar más centrados en sacar los trapos sucios del ”pasado comunista” de fulano, mengano o perenceja que en debatir temas.
Y aunque en Miami nos pasamos la vida clamando por cambios en Cuba y deseando a viva voz deserciones que erosionen al régimen, cuando han ocurrido nos negamos a aceptarlas, especialmente si declaraciones del desertor no encajan con los criterios de la ”verticalidad” del exilio.
Sin duda, la paranoia inculcada por el castrismo tiene gran responsabilidad, pero me pregunto qué parte de nuestra humanidad está fallando cuando nos ensañamos injustamente con personas que rompieron con el régimen hace mucho.
Es el caso de intelectuales como Marifeli Pérez-Stable, de quien se suele recordar incesamente su participación en la Brigada Antonio Maceo. Han pasado ¡30 años! del diálogo, y décadas desde que Pérez-Stable se alejara del castrismo. Es el caso del fallecido escritor Jesús Díaz, gestor del proyecto cultural y de pensamiento más interesante del exilio en los años 90, Encuentro de la Cultura Cubana, a quien incluso hoy algunos siguen considerando comunista. No me estoy refiendo a los cambiacasacas, a los que pasan de bando a la sombra esperando que nadie los descubra, sino a quienes abiertamente han explicado su conducta. No sé si muchos de esos vociferantes han hojeado alguna vez el proyecto Cuba, reconciliación nacional de Pérez-Stable, el intento más serio hasta la fecha para dar respuesta a interrogantes como qué hacer con el pasado de violaciones de derechos humanos en la isla una vez iniciada la transición a la democracia, que contó con la colaboración de figuras del presidio político como Mario Chanes de Armas, Ernesto Díaz Rodríguez y Angel de Fana. O si han leído la revista y el website de Encuentro, calificados por el régimen cubano como servidores de Washington.
Es particularmente lamentable el ensañamiento con Hilda Molina, la médico cubana ex directora del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN), a quien Fidel Castro le ha impedido durante 14 años reunirse con sus familiares en Argentina. Molina encabezó experimentos fallidos con células embrionarias en el cerebro para luchar contra enfermedades neurológicas como el mal de Parkinson, pruebas similares a las que son comunes hoy en varios países europeos. No estoy segura de que sea esto lo que más moleste de ella: sospecho que la causa es el chisme de su supuesto affaire con Castro –nunca confirmado–, y su cercanía de antaño al poder desde su posición de líder científica y diputada al parlamento.
¿Cómo explicar que se la haya llegado a comparar aquí con Joseph Mengele, el monstruo nazi? Mengele, obsesionado con los gemelos, condujo experimentos en Auschwitz en cientos de niños, a los que inyectó químicos en los ojos, amputó extremidades, operó sin anestesia e incluso les realizó cambio de sexo. Sólo una combinación de ignorancia, odio y profunda incapacidad de perdón puede convertir a Molina en émula del ”ángel de la muerte”. ¿Por qué acusarla de delitos de los que no existe prueba alguna? ¿Por qué en vez de apoyar la justísima causa de reunificación familiar de quien es hoy víctima del castrismo, nos empeñamos más y más en hurgar en su pasado? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar lo más simple: que el tiempo pasa y la gente puede cambiar de opinión?
Editora de Yahoo! Inc.
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Generacion de Arqueologos
En el último año, Colibrí ha fijado su atención en otra zona del pensamiento cubano: la crítica literaria y la historia intelectual producidas por autores jóvenes, residentes en la isla o exiliados a partir de la década del 90. Los tres últimos volúmenes de la editorial, Inventario de saldos de Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968), Límites del origenismo de Duanel Díaz Infante (Holguín, 1978) y La filosofía cubana in nuce de Alexis Jardines (Holguín, 1958), son un buen compendio de las obsesiones de esa nueva comunidad intelectual que, trabajosamente, intenta articularse entre la isla y el exilio.
El libro de Hernández Busto, escritor afincado en Barcelona, establece claramente tres polos de atracción del nuevo ensayo cubano. En la primera parte, Cacerías secretas, se propone una relectura de clásicos de la isla (José Martí, Julián del Casal, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén). En la segunda, Pasando lista, leemos un intento de redefinición del canon nacional de las letras en Cuba, luego de aquel recorrido crítico. Por último, en la sección final del libro, De la vida dañada, asistimos a un acto de exorcismo literario, por el cual un escritor cubano en el exilio hace memoria de su generación, la primera plenamente postcomunista de la historia de Cuba, y cuestiona moralmente a quienes quedaron en la isla, aferrados a la defensa del castrismo.
Tradición, canon, moral pública del intelectual, oposición política del escritor vendrían siendo algunos de los temas recurrentes del nuevo ensayo cubano. En el enjundioso libro de Duanel Díaz Infante, joven crítico radicado en Madrid, estas cuatro dimensiones también son perceptibles, a pesar del tono más académico y de que el volumen fue escrito cuando el autor aún residía en La Habana. En el que tal vez sea uno de los estudios más ambiciosos sobre Orígenes, la legendaria revista habanera de mediados del siglo XX, Díaz Infante propone no sólo una valoración del legado de ese grupo de poetas, centrada, sobre todo, en las limitaciones de su imaginario blanco, católico y nacionalista, sino una historia crítica de la recepción de aquel movimiento literario y sus escamoteos y manipulaciones desde la política cultural de la Revolución.
Orígenes y la Revolución, Lezama y Fidel, aparecen en esta ensayística como dos grandes mitologías del siglo XX cubano: la mitología literaria y la política, la poética y la histórica. A pesar de que la contradicción entre ambas es evidente, ya que mientras Orígenes postulaba la entrega a la poesía como redención nacional, el orden revolucionario exigía el sacrificio de la literatura ante la Historia, el régimen cubano se las ha agenciado para hacer, ya no de Martí, sino del hermético y barroco Lezama, una suerte de profeta del totalitarismo. Contra esa maquinaria de instrumentación política de la historia literaria de la isla está dirigida buena parte del nuevo ensayo cubano.
Pero para denunciar esos usos del pasado es preciso hacer arqueología de la cultura prerrevolucionaria. La República, es decir, ese período de la historia moderna cubana que media entre 1902, cuando concluye la primera ocupación norteamericana, y 1959, cuando triunfa la Revolución, se ha convertido en una reserva simbólica hábilmente aprovechada por la joven intelectualidad de la isla y el exilio. Como el aparato de legitimación del régimen revolucionario se construyó a partir del rechazo del período republicano, los nuevos ensayistas cubanos buscan en el ancien régime la venganza simbólica contra la Revolución.
Un buen ejemplo de ese gesto es el último libro editado por Víctor Batista en Colibrí: La filosofía cubana in nuce de Alexis Jardines. Contra una historia de las ideas en Cuba, reconstruida hegemónicamente desde el marxismo-leninismo, durante las últimas cinco décadas, y que descarta el pensamiento republicano como mera “filosofía burguesa”, Alexis Jardines propone la más plena y contundente reivindicación del saber filosófico cubano de la primera mitad del siglo XX. Enrique José Varona, Humberto Piñera Llera, Máximo Castro Turbiano, Pedro Vicente Aja, Jorge Mañach, Medardo Vitier, Roberto Agramonte, Luis A. Baralt, Mercedes y Rosaura García Tudurí, nombres virtualmente borrados de la historia oficial de la ideología cubana, aparecen aquí dentro de una galería de republicanos eminentes.
La historia del pensamiento cubano, entre la difusión del positivismo que encabezó Varona a fines del siglo XIX y la avasalladora influencia que José Ortega y Gasset ejerció sobre Mañach y casi todos los filósofos de la generación de 1940, es narrada por Jardines como si se tratara de un patrimonio perdido. Las páginas finales del libro de Jardines son especialmente duras con el dogmatismo que el gobierno de Fidel Castro impuso a las ciencias sociales: “reformar la enseñanza de la filosofía en Cuba -dice este autor residente en la isla- significa, ante todo, separar la filosofía del marxismo, tal y como en el Medioevo cristiano fue necesario separarla de la teología. La filosofía -más que ninguna otra ciencia o actividad intelectual- es, en nuestro contexto, tan sierva del marxismo como lo fue de la Escolástica hasta bien entrado el siglo XIX”.
Una editorial como Colibrí, interesada en captar las mejores expresiones del pensamiento de un país, fuera de ese país, sólo es concebible en una cultura, como la cubana, controlada por un Estado totalitario y, por tanto, expulsora de una gran comunidad de exiliados. Sin embargo, como lo confirman estos tres volúmenes, la reintegración del campo intelectual cubano, después de cinco décadas de fractura, es posible. Las últimas generaciones de intelectuales cubanos rondan los mismos temas y hablan la misma lengua, desde lugares distantes: París, Barcelona, México, Nueva York, Madrid, Miami, La Habana Gracias a proyectos editoriales, como Colibrí, los futuros ciudadanos de esa isla contarán con una muestra representativa del ensayo escrito en estas décadas infames, desde cualquier ciudad del mundo.