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A la espera de una oportunidad

Una enemistad de medio siglo

Publicado en Encuentro en la Red
7 de agosto de 2008

Con sus altas y bajas, el conflicto entre La Habana y Washington poco ha cambiado desde la Crisis de los Misiles.

En los tiempos de la Guerra Fría, Estados Unidos tenía sus dudas en relación con el Tercer Mundo. ¿Eran las naciones nuevas de África y Asia bocados apetitosos para el expansionismo soviético? ¿Estaban, el Irán del reformista Mohamed Mosadegh y la Guatemala de Jacobo Arbenz, a punto de transformarse en avanzadas soviéticas? ¿Debería Washington aceptar la revolución cubana?

El secretario de Estado del gobierno de Dwight Eisenhower, John Foster Dulles, contestaba a las dos primeras preguntas con un “sí” rotundo y a la última con un enfático “no”. Por el contrario, John F. Kennedy vio la neutralidad en África como una oportunidad, no como una amenaza. En América Latina, la Alianza para el Progreso ensalzó las reformas, la democracia y la libertad como los mejores antídotos contra las revoluciones.

Cuba, sin embargo, era un hueso duro de roer para John F. Kennedy. Su fracaso en Bahía de Cochinos mostró una debilidad que él no podía permitirse como un presidente joven, con el cargo recién estrenado. Dos meses después de su toma de posesión, dijo textualmente: en Viena, Jrushchov “me zarandeó de mala manera”. La Crisis de los Misiles probaría el temple de JFK, algo que Cuba y la primera cumbre con el líder soviético habían puesto en duda.

Después de la Crisis de los Misiles, Kennedy siguió dos caminos en relación con Cuba. El primero apuntaba a la tolerancia si la revolución establecía “un Estado comunista independiente”. El segundo, aún buscaba un cambio de régimen. En el período 1961-1962, la Operación Mangosta había tratado, sin éxito, de desarrollar una revuelta en Cuba. En 1963, la CIA persistía en sus esfuerzos para asesinar a Fidel Castro.

Ese noviembre, la bala de un asesino segó la vida de Kennedy y Lyndon Johnson enseguida colocó las conversaciones La Habana-Washington “en el congelador”.

Con las miras puestas en la elección de 1964, Johnson se afanaba por no parecer “débil ante nada, especialmente hacia Cuba”. A medida que Vietnam ocupaba casi todos los esfuerzos de su gobierno, el tema de la Isla perdió importancia inmediata. Nunca más Cuba volvería a estar en el centro de la política exterior de Estados Unidos.

Lo que está pendiente

En la década de los años setenta, la distensión produjo un consenso bipartidista sobre la normalización de relaciones con Cuba. Durante dieciocho meses, el gobierno de Ford dialogó, en la mayor discreción, con La Habana. Ambas partes abandonaron las condiciones previas: Estados Unidos demandaba el cese de todo vínculo militar con la Unión Soviética y Cuba que Estados Unidos levantara el embargo.

La Organización de Estados Americanos, con el apoyo de Estados Unidos, eliminó las sanciones multilaterales a Cuba. Luego, Ford autorizó a las filiales estadounidenses en el extranjero para comerciar con Cuba y tomó otras medidas que aligeraban el embargo. Cuba, por su parte, liberó a un ciudadano estadounidense vinculado a la CIA y devolvió 2 millones de dólares que una compañía aérea norteamericana había pagado como rescate por un avión secuestrado.

Entonces, en noviembre de 1975, Cuba entró en la guerra civil angolana. Desde el punto de vista de Estados Unidos, Angola torpedeó las conversaciones. No era de extrañar que La Habana viera las cosas de una forma diferente. Si las conversaciones secretas se hacían públicas —discurría Cuba—, la campaña de Ford, en 1976, se hubiera dañado profundamente y ahí radicaba la causa para que Washington detuviera los contactos.

Jimmy Carter tomó el caso en el punto en que Ford lo había dejado. Se eliminó la prohibición para los viajes y se abrieron las Oficinas de Intereses en ambas capitales. Washington y La Habana parecían acercarse a la normalización. Sin embargo, con la presencia continua de La Habana en Angola y con el despliegue, en 1978, de 15.000 soldados en Etiopía, Carter halló muchas dificultades para prescindir, en su incipiente política hacia Cuba, de los imperativos de la Guerra Fría. Por su parte, La Habana no podía dejar pasar la oportunidad que África le ofrecía para aupar su imagen internacional.

En 1981, Ronald Reagan asumió la presidencia, decidido a evitar lo que él consideró errores de Carter en las políticas nacional e internacional. Sin embargo, sólo en temas específicos como Centroamérica y migración, Washington continuó sus pláticas con La Habana. Además, en 1988, Estados Unidos, Cuba, Angola y Sudáfrica negociaron un acuerdo que puso fin a la guerra civil angolana y estableció la independencia de Namibia. En mayo de 1991, las tropas cubanas ya habían abandonado Angola.

Se ha dicho a menudo que la Guerra Fría no ha terminado para Cuba y Estados Unidos. En realidad, no estoy de acuerdo. La Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín y con la desintegración de la Unión Soviética.

Lo que está pendiente, sobre la mesa, es que Washington y La Habana aprendan a vivir en paz, esto es, que establezcan una relación beneficiosa para ambos. Por esa senda, Estados Unidos debe considerar más las sensibilidades cubanas y Cuba necesita convertir la cercanía geográfica en un valor. Esta enemistad de medio siglo no ha ayudado a ninguno de los dos.

En mi próximo artículo concluiré estas ideas sobre el futuro de las relaciones Cuba-Estados Unidos.

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Lecciones sabias

Publicado en Encuentro en la Red
31 de julio de 2008

Las grandes potencias muy pocas veces han atenuado sus acciones sólo por respetar a sus vecinos más débiles. Las relaciones México-EE UU son un ejemplo de lo anterior. Ya en 1850, México había perdido la mitad de su territorio a causa del expansionismo de Estados Unidos, una pérdida que impregnó la cultura política mexicana con una desconfianza hacia Estados Unidos que aún persiste.

Entonces, en 1938, México nacionalizó la compañía Standard Oil. En vez de enviar a los marines, Franklin D. Roosevelt se contuvo en aras de la Política del Buen Vecino y le brindó al nacionalismo mexicano una victoria psicológica crucial. A partir de 1940, México y Estados Unidos elaboraron, poco a poco, una relación beneficiosa para ambos. En el transcurso de este tiempo, Estados Unidos logró adquirir un mayor respeto por las sensibilidades mexicanas.

Cuba y Estados Unidos, por el contrario, nunca hallaron una senda estable, que condujera a una relación beneficiosa para ambos países, antes de 1959. Aun más que en el caso México-EE UU, la abrumadora disparidad de poder marcó las relaciones Cuba-EE UU. Se añade el hecho de que Cuba, por mucho tiempo, siempre ha aspirado a establecer una relación de igualdad, vis a vis las grandes potencias, algo poco usual en los países de la Cuenca del Caribe.

Los cubanos, por ejemplo, proponían para la nación tres alternativas al colonialismo español, basadas en la paridad: unirse a EE UU (como otro estado), obtener la autonomía (como una provincia de España) y establecer una república independiente. Después de la Guerra Civil, menguó el interés de EE UU por anexar Cuba a su territorio. España nunca consideró con seriedad la propuesta del autonomismo.

La Enmienda Platt no ayudó

Cuando llegó la hora de la independencia, en 1902, se le endilgó a la República la Enmienda Platt, un apéndice impuesto por Estados Unidos a la Constitución de 1901, que le otorgaba el derecho a intervenir en la Isla si consideraba que había amenazas contra el orden o contra las propiedades. Hasta los propios anexionistas cubanos mostraron su desdén por una enmienda que colocaba al país en la posición servil propia de un protectorado. En 1934, el gobierno de Roosevelt abrogó la enmienda.

Ya en 1940, los cubanos habían forjado un consenso de gobierno bajo una nueva Constitución sin la influencia de Estados Unidos. Los gobiernos auténticos de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y de Carlos Prío Socarrás (1948-1952) sentaron una base incipiente para la normalización de las relaciones con Estados Unidos: a través de reformas socioeconómicas en el país y con las miras puestas en los intereses económicos de la nación de cara al extranjero.

En marzo de 1952, sin embargo, Fulgencio Batista depuso a Prío y, así, descarriló el esfuerzo naciente para la normalización. Si la democracia no hubiera sido interrumpida, Cuba y EE UU quizás hubieran llegado a un mejor entendimiento, tal y como México y EE UU hicieron después de 1940.

El asunto de la Guerra Fría

A comienzos de la década de los años sesenta, Estados Unidos trató de efectuar un cambio de régimen en Cuba. Luego del desembarco el 17 de abril de 1961, los invasores de Bahía de Cochinos fueron sometidos en dos días. Cuba desafió a Estados Unidos y ganó. Por fin el nacionalismo cubano tenía una victoria psicológica, pero, a diferencia de la victoria de México en 1938, a costa de una enemistad que ya ha durado medio siglo.

La revolución se acercó a la Unión Soviética para protegerse de Estados Unidos y con esta acción colocó a Cuba, por un tiempo, en el centro de la Guerra Fría. Era una Catch-22 perniciosa: Cuba buscaba a los soviéticos como escudo contra Estados Unidos, pero, mientras se estrechaban cada vez más los lazos entre La Habana y Moscú, mayor determinación ponía Washington en un cambio de régimen.

En 1962, una URSS envalentonada emplazó misiles balísticos en la Isla y así desencadenó la Crisis de los Misiles, el momento más peligroso de la Guerra Fría. Después, el mismo conflicto entre las superpotencias propició, en realidad, posibilidades para la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Se destacan, en especial, dos momentos:

-En 1963, el embajador de Cuba en Naciones Unidas le propuso al embajador de Estados Unidos el inicio de conversaciones que condujeran a una disminución de tensiones. El gobierno de Kennedy respondió que todo era posible si Cuba daba pruebas de ser “un Estado comunista independiente”.

-A mediados de la década de los setenta, la distensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética generó un consenso bipartidista sobre la normalización de las relaciones con Cuba. Gerald Ford y Jimmy Carter se encaminaron en ese sentido.

En un próximo artículo retomaré estos dos momentos, la posición del Miami cubano y cómo el final de la Guerra Fría reactivó el tema del cambio de régimen en la agenda estadounidense.

En resumen, Cuba y Estados Unidos tendrán relaciones normales cuando La Habana convierta la cercanía en un valor y cuando Washington considere con seriedad las expectativas cubanas. Dicho de otra forma, el nacionalismo cubano necesita una victoria psicológica similar a la de México en 1938.

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