November 7th, 2000
Cultura política cubana
Publicado en El Nuevo Herald
7 de noviembre de 2000
En la Cuba republicana nunca hubo un partido propiamente conservador. Aun el del general Menocal, que así se denominaba, poco tenía que ver con sus homólogos en América Latina. La razón era relativamente sencilla: al fundarse la república, la sociedad cubana carecía de una base tradicional. No había una oligarquía terrateniente que tuviera bajo su control patriarcal al campesinado.
El poder de la Iglesia Católica era bastante limitado. Al ejército lo caracterizaban su relativa autonomía de las clases dominantes y sus rupturas -el Libertador había sido desbandado en 1899 y la rebelión de los sargentos en 1933 desbancó a la alta oficialidad del que le siguió.
Por lo contrario, el populismo marcaba la política de casi todos los partidos. El azúcar le imprimió un perfil “moderno” al campo y, por ende, a la economía: los centrales instauraron una infraestructura industrial que empleaba mano de obra calificada y la caña, cultivada en grandes extensiones de tierra, era cosechada por trabajadores asalariados. Sin embargo, había otra razón más contundente para el relieve populista en la república: el carácter de las gestas libertadoras del siglo XIX.
Los independentistas proyectaban tanto un cambio de status político como una transformación socioeconómica. Concebían la democracia en términos inclusivos, es decir, derechos políticos iguales para todos. Ya en la Guerra de los Diez Años cubanos de a pie y de todas las razas nutrían las filas mambisas y ejercían, por tanto, una presión democratizante sobre el proyecto de Cuba Libre. La Guerra del 95 acentuó esta tendencia por el peso de José Martí -demócrata, civilista y radical- y del Partido Revolucionario Cubano.
El PRC se anticipó a los movimientos de liberación nacional del siglo XX por su composición multiclasista y por su advertencia de lo que posteriormente se conocería como “neocolonialismo”. La guerra en sí -cruentísima y devastadora- agrupó en el Ejército Libertador a unos 35,000 hombres, la mayoría negros y mulatos.
La inauguración de la república representó un momento singular de regocijo nacional. Aunque se consideraron alternativas al sufragio universal masculino, no fue posible implantarlas. Hasta los cubanos más humildes tenían un sentido muy arraigado de sus derechos ciudadanos. Desde el principio, los políticos se vieron forzados a dirigirse al arcoiris del pueblo entero y no sólo a las llamadas “clases vivas”. La Guerra del 95 dejó un legado contradictorio: por un lado, una clase política fraguada en la manigua, y por otro, una ciudadanía imbuida de sus derechos.
Los otrora mambises le imprimieron un sello caudillista a la política en detrimento de la pujanza democrática y del civismo republicano; la joven república parecía reproducir con agilidad los malos hábitos de la colonia, entre ellos, la costumbre de hacer uso personal del erario público. Asimismo los cubanos de a pie abrigaban un sentido de sus derechos y unas ilusiones de plena inclusión que nunca fueron debidamente encauzados por la república. He ahí una de las causas de la frustración republicana.
La primera gran manifestación de esa frustración fue la revolución del 33. La constitución de 1940 y el Partido Auténtico fueron sus hijos, expresiones insignes de ese tejido populista, nacionalista y democrático de nuestra cultura política. Queda para otra ocasión el porqué los doce años constitucionales no saldaron las frustraciones ciudadanas ni consolidaron el orden democrático.
Lo que viene al caso hoy es subrayar el hecho de que la opinión pública cubana se expresaba básicamente del centro a la izquierda. La constitución, el autenticismo y la ortodoxia nacida de sus entrañas, e incluso Batista, giraban todos alrededor del eje político forjado en el siglo XIX. Aun después del 10 de marzo de 1952 la agenda nacional no dio una movida decisiva hacia el conservadurismo.
La revolución del 59 desató las más profundas esperanzas populares y despertó la confianza de que Cuba, por fin, sería de todos y verdaderamente cubana. Más de cuatro décadas después nos enfrentamos a un panorama de frustraciones y desesperanzas sin paralelo en el decursar nacional. Queda pendiente la deuda que tenemos con nosotros mismos de hacer de Cuba un país normal. Sin la revolución, el espectro político cubano probablemente se hubiera ampliado hacia la derecha; de hecho, yase veían destellos en esa dirección durante la década del 50.
Pero debido a la revolución se afincó decididamente en la diáspora y, hasta cierto punto también en la isla, la corriente conservadora que le faltaba a la república. Las democracias, sin embargo, son fuertes cuando son amplias. Ojalá que en la Cuba del mañana no nos olvidemos del legado de nuestra cultura política y sepamos adaptarlo a las circunstancias del siglo XXI.