July 24th, 2008

La Imposibilidad de Cambio

Por IVETTE LEYVA MARTINEZ
Publicado en El Nuevo Herald
23 de julio del 2008

Es una lástima que no existan estudios antropológicos de esa especie rara en que nos hemos convertido los cubanos. Puedo apostar a que ya habrían detectado una característica cada vez más marcada en nuestra idiosincrasia: la imposibilidad de asimilar los cambios. Los cubanos seguimos viendo la oruga donde ya está la mariposa. Acostumbrados a vivir en una sociedad casi inmóvil, u observándola desde otra orilla, nos cuesta percibir y aceptar el movimiento, no sólo en los procesos sociales sino también en la evolución vivencial e ideológica de otros individuos.

Millones de cubanos, en la isla y en el exilio, han crecido permeados por la retórica de la intrasigencia con proporciones casi simétricas entre ambos lados: cada uno aferrado en su trinchera, empecinado en no modificar un ápice su posición. En el fondo, tanto tememos a las sacudidas profundas, que incluso nombrarlas puede parecer una osadía. En los años 90, las palabras ”crisis” y ”cambio” fueron proscritas de los medios oficiales de Cuba y sustituidas por ”período especial” y ”reformas”; en Miami ”diálogo”, que también quiere decir ”cambio”, es palabra maldita como también suele ser “normalización”.

La constancia diaria de nuestra incapacidad de asimilar cambios está en todas partes: en los linchamientos verbales de la radio miamense y en la blogosfera y en otros websites del exilio donde los comentarios de los lectores suelen estar más centrados en sacar los trapos sucios del ”pasado comunista” de fulano, mengano o perenceja que en debatir temas.

Y aunque en Miami nos pasamos la vida clamando por cambios en Cuba y deseando a viva voz deserciones que erosionen al régimen, cuando han ocurrido nos negamos a aceptarlas, especialmente si declaraciones del desertor no encajan con los criterios de la ”verticalidad” del exilio.

Sin duda, la paranoia inculcada por el castrismo tiene gran responsabilidad, pero me pregunto qué parte de nuestra humanidad está fallando cuando nos ensañamos injustamente con personas que rompieron con el régimen hace mucho.

Es el caso de intelectuales como Marifeli Pérez-Stable, de quien se suele recordar incesamente su participación en la Brigada Antonio Maceo. Han pasado ¡30 años! del diálogo, y décadas desde que Pérez-Stable se alejara del castrismo. Es el caso del fallecido escritor Jesús Díaz, gestor del proyecto cultural y de pensamiento más interesante del exilio en los años 90, Encuentro de la Cultura Cubana, a quien incluso hoy algunos siguen considerando comunista. No me estoy refiendo a los cambiacasacas, a los que pasan de bando a la sombra esperando que nadie los descubra, sino a quienes abiertamente han explicado su conducta. No sé si muchos de esos vociferantes han hojeado alguna vez el proyecto Cuba, reconciliación nacional de Pérez-Stable, el intento más serio hasta la fecha para dar respuesta a interrogantes como qué hacer con el pasado de violaciones de derechos humanos en la isla una vez iniciada la transición a la democracia, que contó con la colaboración de figuras del presidio político como Mario Chanes de Armas, Ernesto Díaz Rodríguez y Angel de Fana. O si han leído la revista y el website de Encuentro, calificados por el régimen cubano como servidores de Washington.

Es particularmente lamentable el ensañamiento con Hilda Molina, la médico cubana ex directora del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN), a quien Fidel Castro le ha impedido durante 14 años reunirse con sus familiares en Argentina. Molina encabezó experimentos fallidos con células embrionarias en el cerebro para luchar contra enfermedades neurológicas como el mal de Parkinson, pruebas similares a las que son comunes hoy en varios países europeos. No estoy segura de que sea esto lo que más moleste de ella: sospecho que la causa es el chisme de su supuesto affaire con Castro –nunca confirmado–, y su cercanía de antaño al poder desde su posición de líder científica y diputada al parlamento.

¿Cómo explicar que se la haya llegado a comparar aquí con Joseph Mengele, el monstruo nazi? Mengele, obsesionado con los gemelos, condujo experimentos en Auschwitz en cientos de niños, a los que inyectó químicos en los ojos, amputó extremidades, operó sin anestesia e incluso les realizó cambio de sexo. Sólo una combinación de ignorancia, odio y profunda incapacidad de perdón puede convertir a Molina en émula del ”ángel de la muerte”. ¿Por qué acusarla de delitos de los que no existe prueba alguna? ¿Por qué en vez de apoyar la justísima causa de reunificación familiar de quien es hoy víctima del castrismo, nos empeñamos más y más en hurgar en su pasado? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar lo más simple: que el tiempo pasa y la gente puede cambiar de opinión?

Editora de Yahoo! Inc.

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