February 25th, 2006

Por el sendero de Doña Violeta

Publicado en El Nuevo Herald
25 de febrero de 2006

Hoy 25 de febrero se cumplen 16 años de la victoria en Nicaragua de Doña Violeta Chamorro. Los sandinistas –que se creían invencibles– aceptaron su derrota y pasaron a la oposición. En cuestión de meses Doña Violeta había logrado la desmovilización de la Contra y la reducción del ejército a menos de la mitad. En Managua y a lo largo del país, miles de armas fueron enterradas en hoyos gigantescos sellados con toneladas de concreto para que nunca más fueran empuñadas. Nacía la nueva Nicaragua.

En la difícil transición nicaragüense, Antonio Lacayo –jefe de campaña de Doña Violeta, luego su ministro de la presidencia y siempre su yerno– acaba de publicar sus memorias. Pese a sus 751 páginas, lo difícil para mí fue soltar el libro. Lacayo nos habla desde adentro, con raciocinio y emoción, paso a paso, cómo fue que Doña Violeta y la UNO –la coalición de partidos que la apoyó– ganaron las elecciones, cómo fue que esta grande dame se convirtió en la presidenta de todos los nicaragüenses.

No fue fácil. Aunque inicialmente cuasi catatónicos, los sandinistas no tardaron en recuperarse. Lacayo nos recuerda la llamada piñata que enredó más aún el tema de la propiedad y las sonadas de sus sindicatos cuando el gobierno de Doña Violeta empezó a poner orden en la catástrofe económica que le habían legado. La difícil transición es, sobre todo, un testimonio valiosísimo respecto a las negociaciones con los sandinistas para lograr el traspaso del poder a Doña Violeta y posteriormente para gobernar. Estos, después de todo, habían sido secundados por el 41 por ciento de los votantes y las armas se habían sepultado.

Durante la campaña y después de la victoria hubo serias tensiones en la UNO. Doña Violeta nunca aceptó ser sólo un símbolo ni titubeó ante el imperativo de tender puentes. Quizás por eso los nicaragüenses confiaron en ella para transitar a la paz, la democracia y la reconstrucción económica. Aunque dos de sus hijos favorecían a los sandinistas y dos se les oponían, Doña Violeta siempre mantuvo la armonía familiar. No debe sorprender, por tanto, que el diálogo y la reconciliación fueran sus compases políticos. Para muchos en la UNO sólo valía el enfrentamiento.

Las relaciones con Estados Unidos tampoco fueron todo lo fluidas que se esperaba. La presencia sandinista en el Ejército, la policía y la seguridad así como la demora en la restitución de las propiedades confiscadas se convirtieron en escollos para el desembolso de la ayuda. En 1992, el senador Jesse Helms logró congelar unos 100 millones de dólares, una cantidad de envergadura para Nicaragua. No pocos en la UNO instaron al senador a tomar ese paso.

En 1996 Doña Violeta terminó su mandato y le entregó la presidencia a Arnoldo Alemán. Alemán y Daniel Ortega forjaron un pacto para dividirse el control de las principales instituciones. El afán por el poder de ambos asfixió a la nueva Nicaragua. No obstante, hay esperanza de que renazca.

Desde las filas liberales y sandinistas han surgido disidentes que prometen acabar con el pacto caudillista. Eduardo Montelagre y Herty Lewites –liberal y sandinista, respectivamente– son los punteros en las encuestas para la elección presidencial en noviembre. Si es a cuatro bandas –los dos disidentes, Ortega y el candidato de Alemán– y realmente libre, Montealegre o Lewites casi seguramente asumiría la presidencia.

Si fuera así, la política nicaragüense podría reencauzarse por el sendero de Doña Violeta. Hoy son otros los temas. Don Enrique Bolaños le entregará a su sucesor una macroeconomía que marcha bien, aunque queda pendiente aliviar la acuciante pobreza de la mayoría. No obstante, valdría la pena recordar a Doña Violeta cuando tomó posesión en el Estadio Nacional y lo recorrió completico, saludando a sus simpatizantes y a los sandinistas por igual. Ser el segundo presidente de todos los nicaragüenses es el reto que le aguardaría a Montealegre o a Lewites.