October 23rd, 2002
Una encrucijada de tres caminos
Publicado en El Nuevo Herald
23 de octubre de 2002
Para fines de la década del 90, La Habana había logrado una suerte de reconstitución basada en un delicado equilibrio de factores. El embargo le permitía al gobierno seguir jugando el rol de David contra Goliat a la par que la comunidad internacional se preguntaba por qué Estados Unidos no cambiaba su política. Las reformas económicas lograron una recuperación modesta. Excepto por los balseros y el maleconazo, la ciudadanía aparentaba calma. Las demandas políticas sobre los ciudadanos de a pie no eran tan exigentes como antes. Aunque crecía y se extendía, la oposición activa era aún modesta. La élite, además, se mantenía cohesionada.
Mas entonces Elián González arribó a las costas de la Florida y la dirigencia no tardó en convertir la campaña para su retorno en un nuevo giro: la “gran batalla de ideas”. Desde entonces, noche tras noche la televisión trasmite mesas redondas informativas y todos los sábados se celebra una llamada “tribuna abierta” en algún pueblo o ciudad. En efecto, el régimen alteró el acuerdo tácito con la población de una media tregua ante las manifestaciones de apoyo y ahora le exige una performance casi constante. La reciente denominación del “socialismo es irrevocable” no fue más que otra escalonada.
El equilibrio de la última década ha empezado a tambalearse. El Proyecto Varela y la visita del ex presidente Carter han contribuido a que el mundo pregunte con mayor insistencia por qué Cuba no cambia. Después del 11 de septiembre la economía ha retrocedido. El Congreso estadounidense parece acercarse a un levantamiento de las restricciones a los viajes y al acceso a créditos a Cuba para la compra de alimentos en EU. Una moderación del embargo le restaría fuerza al síndrome de David-Goliat.
La Habana se encuentra ante una encrucijada de tres caminos.
El primero sería seguir con la “gran batalla de ideas”, pero bajando la intensidad de la reciente campaña. Sin embargo, ese camino posiblemente esté llegando a su fin. El tren de las movilizaciones ya no rueda con el mismo impulso: los “cinco héroes cubanos prisioneros del imperio” -condenados por espionaje en los Estados Unidos hace 18 meses- no resuenan en los hogares cubanos como inicialmente lo hizo Elián. En lo económico se mantendría el statu quo, aunque las reformas ya aplicadas dieron todo lo que podían dar. Por lo contrario, si se consiguiera parar el descenso económico, el mantenimiento de un modelo light de movilizaciones sería más viable.
Si bien riesgoso, lanzar un nuevo frenesí de movilizaciones sería el segundo camino. La dirigencia gobierna como si el teatro de los últimos años fuera realidad y no una gran pantomima. Además, como hasta ahora la ciudadanía ha participado del espectáculo sin contratiempos mayores, no hay razón para desecharlo. Pero el aguante popular no tiene por qué ser ilimitado. Las movilizaciones in crescendo bien pudieran convertirse en un bumerán si exigieran más allá de ese límite aún no fijado y que, posiblemente, no sea fácil de identificar por la élite reinante. Andando en esa dirección también pudiera producirse una nueva espiral de enfrentamientos con EU.
La tercera senda sería la de una reestructuración económica tipo China o Vietnam, lo cual implicaría colocar la economía al centro de la política. Se desempolvarían las propuestas para profundizar las reformas liberalizadoras que fueron engavetadas a mediados de los 90. Se emularían los llamados de János Kádár en Hungría (Let’s eat sausage!) y de Deng Xiaoping en China (¡A enriquecerse!). Sin embargo, para la máxima dirigencia sería como un anatema convocar a la población bajo la consigna de “pan con lechón para todos”. Aunque esta alternativa es la más sensata, es la menos probable a corto plazo.
La reconstitución fue una especie de gatopardismo caribeño que le permitió a la élite “cambiar” para que todo siguiera (casi) igual. ¿Podrá repetir el malabarismo? Es posible, pero no probable. ¿Encontrará la voluntad para llevar a cabo una reestructuración económica profunda? ¿Podría peligrar su cohesión? La élite tiene que considerar no sólo sus intereses actuales, sino también los de después del velorio y el inmovilismo podría afectar su futuro.
Y, claro, también está el tema de la población y la cuestión de fondo no es sólo económica. Se trata igualmente de una sociedad abierta, libre y democrática. Un inmovilismo continuado, o peor todavía, un frenesí movilizador, pudiera provocar la revuelta popular que hasta ahora se ha evitado y, por tanto, pondría en peligro mortal lo que es deseable para todos: la transición pacífica a una Cuba nueva.